El Pan de Vida

Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás… El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. – Juan 6:35, 47-48.

Durante milenios y en muchos países el pan ha sido el alimento básico. Por eso la palabra pan tiene un fuerte valor simbólico, ante todo para las personas que han conocido privaciones. Otro vocablo que resuena profundamente en nosotros es el de la vida, no sólo la de nuestros cuerpos, sino la de nuestros espíritus. Deseamos una vida que tenga sentido, que sea próspera y útil. En el aspecto espiritual, Jesús reúne la fuerza de estas dos palabras. Él es el “pan de vida”: aquel del cual uno se alimenta para no desfallecer, y quien da la vida que viene de Dios y que seguirá por la eternidad.

Después de haber declarado que él es el pan de vida, Jesús agrega: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna(Juan 6:54). Este lenguaje figurativo significa que aquel que se apropia de los resultados de la muerte de Cristo en la cruz tiene una nueva relación con Dios: es hecho su hijo por la eternidad.

Luego, el creyente debe alimentarse de la Palabra de Dios para conocer sus pensamientos y gustar de su amor. Jesús dijo: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (v. 63). Los alimentos mantienen nuestro cuerpo y lo renuevan; y las palabras de Jesús nutren nuestro espíritu de él mismo. Él nos comunica su vida y poco a poco nos transforma en su imagen (2 Corintios 3:18). Que podamos decir como el profeta Jeremías: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (15:16).

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