Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
Isaías 53:4-5

«De repente, leyendo en la Biblia el capítulo 53 de Isaías, el mensaje de la cruz me llegó al corazón. Por primera vez vi que la cruz es el centro del Evangelio. Comprendí lo que Jesús hizo por mí: llevó sobre sí mismo mis pecados y mis tormentos, cargó con mis faltas y con mi culpabilidad, para que yo pudiese estar ante Dios como un hombre libre. Empecé a valorar el precio que tuvo que pagar. Tomé consciencia de lo que dio para salvarme a mí, hombre esclavo del pecado y perdido. ¡Cuánto le costó mi liberación!

Para mí fue una realidad nueva y me alcanzó con fuerza. Contemplar el precio extremo que Jesús pagó por mí me hizo llorar durante mucho tiempo. Los sollozos subían desde lo más profundo de mi ser y no podía detenerlos. La escena de Jesús con una corona de espinas en la cabeza, herido, clavado en la cruz, me volvía sin cesar a la mente…

Por mí… por mí… Las palabras se volvían inútiles… Ninguna palabra podía expresar mi agradecimiento y mi sentimiento de indignidad. No podía sondear la profundidad de un amor tan grande. ¡Él tomó mi lugar! Hay un conocimiento que no puede ser percibido mediante la inteligencia, que oprime el corazón. ¡Esto me hizo poner de rodillas! Durante toda mi vida había pensado que nadie comprendía mi sufrimiento, pero me di cuenta de que Jesús no solo lo comprendía, sino que lo tomó sobre sí mismo para liberarme».

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Josué 7 – Hebreos 9:1-14 – Salmo 127 – Proverbios 28:1-2
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