Nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
Eclesiastés 1:8

Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás… El que cree en mí, tiene vida eterna.
Juan 6:35, 47

El hombre es extraordinario. Gracias a los progresos que ha hecho en muchos ámbitos (científico, técnico, médico…) alcanzó, en numerosos países, un nivel de confort inigualable. Pero parece que esto no le satisface y continúa su carrera desenfrenada poniendo en peligro, a veces, todo lo que ha conseguido. Dicho de otro modo, cuanto más se satisface el hombre, más insatisfecho queda…

¡Sin embargo, hace más de 2.000 años, alguien afirmó poder satisfacerlo totalmente! Esa Persona es Jesús, el Hijo de Dios. Un día encontró a una mujer cerca de un pozo. Ella había ido a sacar el agua que necesitaba para su hogar, como hacía cada día. Y Jesús le dijo: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13-14). No hablaba en un sentido literal, sino figurado y espiritual.

¡Su mensaje todavía es actual! A todos los que están cansados, que no han podido apagar su sed espiritual, su sed de perdón, de paz, de verdadero amor, a todos aquellos que buscan un sentido a su vida, o que tienen remordimientos de conciencia, Jesús todavía se presenta hoy como el Salvador, el Amigo, la Esperanza. Por la fe en él, recibimos la seguridad del perdón de Dios y de su amor, un amor completo, absoluto, eterno. Así, con el corazón al fin satisfecho, podemos vivir en paz y esperando al Señor.

Levítico 18 – Romanos 14 – Salmo 68:28-35 – Proverbios 16:31-32
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