La mayoría de las parejas de enamorados, que deciden formalizar su relación, lo hacen llenos de sueños, anhelos y expectativas de una vida feliz. Ni siquiera piensan en la posibilidad de que su matrimonio fracase. Sin embargo, las estadísticas revelan que cada vez son menos los matrimonios que viven felices durante toda la vida. Es triste ver que lo que inicialmente fue “hasta que la muerte los separe” hoy se ha transformado “hasta que los problemas los separen”.

Existen tres enemigos implacables de la felicidad matrimonial, que se repiten una y otra vez, y pueden ser altamente destructivos si los cónyuges no tienen las armas adecuadas para hacerles frente y vencerlos.

  1. Los problemas de carácter

Quizás la excusa que más dan las parejas por la ruptura de su matrimonio es la “incompatibilidad de caracteres”. Lamentablemente, los cónyuges no han aprendido a convivir en armonía a pesar del carácter de cada uno. Sin embargo, la vida matrimonial se vive de a dos. Son dos personas con personalidades y caracteres diferentes, que necesitan aprender a convivir con las virtudes y los defectos del otro. Cuando eso no se logra, comienzan las discusiones y las peleas acaloradas hasta que llega un momento en que ya no pueden comunicarse sin discutir. Es como si hubiera un cortocircuito constante, que les impide respetar y aceptar la personalidad y el carácter del otro.

  1. Los problemas en la intimidad sexual

La sexualidad matrimonial es un arte que los cónyuges necesitan aprender y desarrollar a través de los años. Dios creó al varón y a la mujer para que física y emocionalmente puedan alcanzar la plenitud y la satisfacción sexual. Sin embargo, son muchos los matrimonios que se divorcian por problemas de índole sexual.

Si bien puede haber un sinnúmero de causas, algunas pueden ser la ignorancia sobre el tema o la insistencia en querer practicar en la intimidad conyugal lo que han aprendido en la escuela de la calle, donde la sexualidad solo sirve para la gratificación egoísta, en la cual tanto al hombre como la mujer no son nada más que un objeto sexual.

Por otro lado, el paso de los años puede apagar la pasión de la pareja y a menos que cultiven su vida íntima sexual en el temor de Dios, no podrán hacer frente a la presión sexual de la sociedad y, desdichadamente, un esposo insatisfecho sexualmente es un candidato seguro a buscar afuera lo que necesita encontrar adentro.

  1. Los problemas financieros

La discusión por los problemas financieros le ha dado muy buenos resultados al diablo, el archienemigo de la felicidad matrimonial, ya que muchísimas parejas han sucumbido ante este feroz destructor del matrimonio. Hoy día la expresión “contigo pan y cebolla” ha quedado en el olvido, y la presión financiera envenena y corrompe la vida conyugal. Cuando arrecia la escasez, la falta de trabajo y el aumento de las deudas, el matrimonio está en su punto más “vulnerable”. El ambiente del hogar se enrarece y comienza a predominar un clima de nerviosismo y descontrol emocional, que destruye la paz entre los cónyuges.

La buena noticia es que con la ayuda de Dios, la dependencia del Espíritu Santo y un buen consejo bíblico de parte de líderes espirituales maduros, podemos hacer frente y vencer a estos tres feroces destructores de la felicidad matrimonial.

Cuando nos rendimos a los pies de Cristo y lo aceptamos como el Señor de nuestra vida, Él empieza a gobernarnos. Como dijo el apóstol Pablo “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas. 2:20). Si Cristo vive en nosotros ya no nos enfrentaremos en una lucha de poderes con nuestro cónyuge; porque el poder le pertenece a Cristo, como el Señor de nuestra vida. Además, “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad” (Ro. 8:26). Él nos ayuda a ceder, a doblegar nuestro carácter, a limar asperezas, a perdonar, a buscar la armonía, a ser humildes, a ser mansos, a buscar el bien de nuestro cónyuge, a aceptarlo/a y respetarlo/a, a orar por él/ella… todos requisitos esenciales para lograr la unidad en el matrimonio y disfrutar la vida conyugal, que Dios ha diseñado para el hombre y la mujer desde su misma creación.

El matrimonio tiene muchos enemigos, pero no estamos solos. Si somos hijos de Dios, Cristo vive en nosotros y tenemos un sumo sacerdote que puede “compadecerse de nuestras debilidades” (He. 4:15) y “que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Ef. 3:20).

Lucha por tu matrimonio. ¡Dios te dará la victoria!

Por Ritchie y Rosa Pugliese