La carrera cristiana y su objetivo

Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
Filipenses 3:13-14

Leer: Filipenses 3:12-21
En general, las personas que llevan a cabo algo importante son las que se apasionan por una única gran ambición. Trátese de escalar una nueva cumbre, de obtener un premio Nobel o de combatir contra un invasor, siempre hay hombres activos dispuestos a sacrificarlo todo para alcanzar un gran objetivo.

Así era el apóstol Pablo después de que Cristo lo detuvo en el camino a Damasco. Se dedicó a trabajar para Cristo y, tal como un atleta en una carrera, se esforzaba sin detenerse o mirar hacia atrás, pues solo pensaba en la aprobación de su Maestro.

¡Pablo se ofrece para ser nuestro entrenador, e invita a cada cristiano a seguir sus pasos! Olvidemos, como lo hizo Pablo, lo que queda atrás: nuestros éxitos, que nos envanecerán, pero también nuestros fracasos, porque nos desanimarán. Así, pues, extendámonos a lo que está delante, prosiguiendo a la meta, porque esta carrera «todo terreno» no es un paseo. ¡Es muy seria, y lo que está en juego es de capital importancia!

¡Tener la mente ocupada con cosas mundanas es inconsecuente para el que tiene su patria en el cielo! ¿De qué hablan dos compatriotas que se encuentran en el extranjero? ¡De su país! Siempre estaremos de acuerdo y seremos felices si, entre cristianos, hablamos de la patria celestial, donde pronto Jesús nos llevará. “Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús” (Hebreos 12:1-2).

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Jeremías 50:21-46 – 2 Corintios 9 – Salmo 106:24-27 – Proverbios 23:23
© Editorial La Buena Semilla

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