Púlpito Evangélico – El Dios en el cual confío

EL DIOS EN EL CUAL CONFÍO

Pastor Jorge L. Cintrón

 

Gustad, y ved que es bueno Jehová;
 Dichoso el hombre que confía en él.

Salmo 34:8

 

El Salmos 34 es uno muy hermoso. Muchas personas lo pueden repetir de memoria y lo han atesorado en sus corazones. Especialmente los versos del uno (1) al siete (7)

 

“Bendeciré a Jehová en todo tiempo;
Su alabanza estará de continuo en mi boca.

En Jehová se gloriará mi alma;
Lo oirán los mansos, y se alegrarán.

Engrandeced a Jehová conmigo,
Y exaltemos a una su nombre.

Busqué a Jehová, y él me oyó,
Y me libró de todos mis temores.

Los que miraron a él fueron alumbrados,
Y sus rostros no fueron avergonzados.

Este pobre clamó, y le oyó Jehová,
Y lo libró de todas sus angustias.

El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen,
Y los defiende
.

 

Hay en este Salmos otros versos hermosos

 

“ Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón;
Y salva a los contritos de espíritu.

Muchas son las aflicciones del justo,
Pero de todas ellas le librará Jehová.”

(Salmos 34:18-19)

 

Jehová redime el alma de sus siervos,
Y no serán condenados cuantos en él confían.”

(Salmo 34:22)

 

Desde hace mucho tiempo el verso que más llena mi almo de ese Salmos es el verso ocho (8).

 

“Gustad, y ved que es bueno Jehová;
 Dichoso el hombre que confía en él.”

(Salmo 34:8)

Es verso me hace pensar a mí en el Dios en quien he confiado.

 

Comparto tres (3) historias

 

Primera historia:

 

Un hombre que negaba la existencia de Dios y la idea de la inmortalidad, luego de haber hablado de sus creencias, retó a la audiencia de esta manera:

-Invito a quien quiera aceptar, a que suba hasta la plataforma y combata las verdades que acabo de expresar.

Pausadamente, un anciano se adelantó hasta el lugar mencionado, subió con trabajo y sacando de su bolsillo una naranja empezó, con toda calma, a mondarla.

Cuando estaba ya mondada por la mitad el hombre hablaba con mucha fogosidad y se mostraba molesto. Mientras tanto el anciano terminaba ya de mondar la naranja, la partía, tomaba un gajo, lo probaba y le decía:

-¿Qué le parece a usted, es amarga o dulce?

-¿Cómo quiere que lo sepa ni no la he probado? –contesto el hombre.

-Bien -siguió el anciano-, ¿y cómo se atreve a hablar contra la fe de Dios, si tampoco la ha probado todavía?

 

Segunda historia:

 

Una joven muy cristiana regresaba sola a casa después de su trabajo. Elevaba su corazón a Dios mientras transitaba por una oscura calle solitaria, porque había observado que un sujeto iba siguiendo sus pasos. Por fin éste llegó a alcanzarla y le pregunto sonriendo maliciosamente:

 

-¿Va usted sola, señorita?

 

Con gran presencia de ánimo la joven replicó.

 

-No señor, voy bien acompañada por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por muchos de sus ángeles.

-Demasiada buena compañía –replico el presunto libertino y se alejo.

 

Tercera historia:

 

Un hombre, que había pasado por la crisis más grande de su vida, se le acercó a su pastor. Este hombre había pasado uno de esos momentos decisivos. Había estado completamente abrumado ya que su médico le había dicho que dentro de un año se quedaría completamente ciego. La perspectiva que tenía delante era la de una vida rodeada de profundas tinieblas.

 

-Tengo una cosa grande que decirle y es que ahora no le tengo miedo al mañana. Mi fe ha vuelto de nuevo a afirmarse en Dios.

-¿Qué le ha sucedido que le hace pensar de esa manera? –le preguntó el pastor.

-Le explicaré -contestó-. Anoche estaba sumido en negros pensamientos. Una desgracia tras otra desgracia. Me preguntaba si en verdad valía la pena vivir una vida así y le diré que los más terribles pensamientos se apoderaban de mi mente. En ese estado de incertidumbre, cruce los brazos sintiendo que era el ser más infeliz de toda la tierra. De repente, al poner mi mano sobre la mesa, mis dedos rozaron con unos papeles escritos. Buscando a tientas descubrí entre ellos uno que estaba escrito en Braille. Seguía buscando co los dedos hasta que encontré escrito en uno de ellos estas palabras: -Jehová redime el alma de sus siervos y no serán asolados cuantos en Él confían- Fue como si toda la habitación se llenara con la voz de Dios que me hablaba en ese momento. Mi fe ha vuelto a mí. Ahora no le tengo miedo al futuro. Venga lo que venga yo sé que Dios me sacará con bien.

 

Ese es el Dios en el cual yo confío

 

Un mirada al Salmo 34

 

El Salmo 34 tiene en su inició una inscripción: “Salmo de David, cuando mudó su semblante delante de Abimelec y él lo echó y se fue.” Este es uno (1) de ocho (8) salmos que según su inscripción inicial surgen de la persecución de David por Saúl. Los otros salmos son: 7, 52, 54, 56, 57, 59 y 142. Se ha cuestionado si esta inscripción indica que el salmo fue escrito por David mismo o si lo que significa es que hace referencia a una experiencia en la vida de David.

 

David al desatarse la rivalidad de Saúl hacia él se refugió  en territorio filisteo. Ellos eran los grandes enemigos de Israel.

 

1 Samuel 21:10 22 señala sobre este momento difícil en la vida de David lo siguiente:

 

“Y levantándose David aquel día, huyó de la presencia de Saúl, y se fue a Aquis rey de Gat. Y los siervos de Aquis le dijeron: ¿No es éste David, el rey de la tierra? ¿no es éste de quien cantaban en las danzas, diciendo:
Hirió Saúl a sus miles,

Y David a sus diez miles?

Y David puso en su corazón estas palabras, y tuvo gran temor de Aquis rey de Gat. Y cambió su manera de comportarse delante de ellos, y se fingió loco entre ellos, y escribía en las portadas de las puertas, y dejaba correr la saliva por su barba. Y dijo Aquis a sus siervos: He aquí, veis que este hombre es demente; ¿por qué lo habéis traído a mí? ¿Acaso me faltan locos, para que hayáis traído a éste que hiciese de loco delante de mí? ¿Había de entrar éste en mi casa?  Yéndose luego David de allí.”

 

David en medio de esta situación tan difícil para él descubre como dice el salmo que:

 

“Busqué a Jehová, y él me oyó,
 Y me libró de todos mis temores.”

(Salmo 34:4)

 

“Este pobre clamó, y le oyó Jehová,
Y lo libró de todas sus angustias.

El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen,
Y los defiende.

Gustad, y ved que es bueno Jehová;
Dichoso el hombre que confía en él.”
(Salmo 34:6-8)

 

“Los ojos de Jehová están sobre los justos,
 Y atentos sus oídos al clamor de ellos.”
(Salmo 34:15)

 

“Claman los justos, y Jehová oye,
Y los libra de todas sus angustias.

Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón;
Y salva a los contritos de espíritu.

Muchas son las aflicciones del justo,
Pero de todas ellas le librará Jehová.” (Salmo 34:17-19)

 

“Jehová redime el alma de sus siervos,
 Y no serán condenados cuantos en él confían.

(Salmo 34:22)”

 

La fortaleza que procede de este salmo puede ser sostén para todas las angustias y las crisis de la vida de aquellos que hemos conocido al Dios en el cual se puede confiar a través de Jesucristo.

 

El Dios en cual yo confío es el Dios probado en la historia. Ese Dios que al revelarse a los hombres en el Antiguo Testamento se le presenta en varias ocasiones como el Dios de sus padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Ese Dios le está diciendo a esos hombres que el pasado demuestra que Él es el Dios probado que he hecho bien a gente que ellos conocen. Ante ese pasado se levanta una nota de confianza y uno puede decir: “Hasta aquí nos ayudó Jehová” Eben-zer. ¿Por qué no voy a poder confiar ahora?

 

El Dios en cual yo confío es el Dios que me conoce. El salmista escribió: 

 

“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido.

Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;

Has entendido desde lejos mis pensamientos.

Has escudriñado mi andar y mi reposo,

Y todos mis caminos te son conocidos.

Pues aún no está la palabra en mi lengua,

Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.

Detrás y delante me rodeaste,

Y sobre mí pusiste tu mano.

Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí;

Alto es, no lo puedo comprender.”

(Salmo 139:1-6)

 

El Dios en cual yo confío es el Dios que es mi guardador. A través del profeta Isaías Dios dijo a su pueblo: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.” (Isaías 43:1)

 

El Dios en cual yo confío es el Dios que es mi sanador. Ese Dios que se le presentó en Mara a su pueblo  diciéndole: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador.” (Éxodo 15:26)

 

El Dios en cual yo confío es el Dios que es mi restaurador. El apóstol Pablo le escribió a los Corintios: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; ha aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17)

 

El Dios en cual yo confío es el Dios que es mi Salvador a través de Jesucristo. El apóstol Pedro lleno del Espíritu Santo expresó ante los líderes judíos: Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:11,12)

 

Yo he  gustado, y visto que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él. Ese es el Dios en el cual confío.

 

 

(Este mensaje fue presentado el domingo 29 de marzo de 2020 a las 7:30pm  a través de Facebook Live en la página de Jorge L Cintron)

Jorge Cintron
Jorge Cintronhttps://www.elversiculodeldia.com
Pastor en Primera Iglesia Bautista de Cayey, Puerto Rico

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